domingo, 4 de abril de 2010

“EL SIGNIFICADO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO”


Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y
abundante gracia era sobre todos ellos” (Hechos 4:33)
V.C. NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES Y SERÁ SIEMPRE EL DIOS VIVO Y
VERDADERO.
¡Nuestro Señor Jesucristo es Dios y Rey para siempre!
ÉL fue muerto en una cruz, fue sepultado, esto es cierto, pero también es cierto que al tercer
día resucitó. ¡Se levantó de los muertos con gran poder!
Y es la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo lo que le dá significado a nuestra vida como
cristianos.
Porque escrito está: “... porque yo vivo, vosotros también viviréis”. (Juan 14:19).
Sí. La muerte de nuestro Señor Jesucristo tiene muchísima importancia, pero según la misma
Palabra de Dios, su resurrección reviste una importancia mayor. Es por esto, que el hecho de
que nuestro Señor Jesucristo se haya levantado de entre los muertos tiene un glorioso
significado para nosotros.
Veamos algunos rasgos del tremendo significado de la Resurrección de Cristo.
1º LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES LA BASE DE UNA FE VITAL.
La demostración más grande del Poder de Dios no fue el hecho de la creación de los cielos y
la tierra y todo cuanto en ellos hay, ni aún el nacimiento virginal de Cristo, ni aún, el
advenimiento del Espíritu Santo a su iglesia en el Día de Pentecostés. No. La demostración
más gloriosa de la Omnipotencia de Dios fue la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Tiene mucha razón el apóstol Pablo cuando escribe: “... la supereminente grandeza de su
poder... la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los
lugares celestiales”. (Efesios 1:19-20).
¡Cuán pequeño se hubiera visto el Poder de Dios, que creó todo el universo, todo cuanto
existe y que lo sustenta todo con la Palabra de su poder, si al momento de enfrentar a la
muerte no la hubiese vencido! Pero la Biblia nos afirma enfáticamente refiriéndose a la
muerte que: “... era imposible que fuese retenido por ella”. (Hechos 2:24).
Por esto nosotros tenemos ahora una fe vigorosa, porque nuestro Señor Jesucristo ha
resucitado, porque nuestro Señor vive. Creo que ninguno de nosotros depositaría su fe en un
Dios que no hubiera podido contra la muerte. No vendríamos a ÉL con nuestras cargas y
necesidades, nuestras cuitas, problemas, dudas y decepciones. No tendríamos ninguna fe en
la provisión de un Dios sin poder. Mucho menos, le confiaríamos nuestra salvación. ÉL no
podría librarnos de la ley del pecado en esta vida, y mucho menos de la ley de la muerte en la
vida venidera.
Pero el Señor manifestó su gran poder al levantar de entre los muertos a Cristo.
Alfred Bernhard Nobel, nació en Estocolmo, Suecia el 21 de octubre de 1833. Siguiendo lo s
pasos de su padre estudió química, especializándose en la rama de los explosivos. En 1867
estaba haciendo unos experimentos con nitroglicerina en la planta de su padre, la cual voló
en una explosión impresionante. En ella murió su hermano menor Emilio Nobel.
Impresionado por el tremendo poder de aquella gelatina le puso por nombre Dinamita,
tomándolo de Romanos 1:16 donde la palabra griega Dúnamis se traduce poder.
Si existe tan gran poder en las cosas creadas, ¡Cuánto más poder hay en el Creador!
Y en la resurrección del Señor hay un gran poder. Todo el poder de Dios concentrado en ese
hecho maravilloso.
Sí. La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la base de una fe viv a y vital.
2º LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES LA BASE DE UNA VIDA
VICTORIOSA.
Y es que resurrección equivale a decir: Victoria.
A veces el mundo nos agobia, en ocasiones parece que no hay remedio. Que no hay solución,
parece todo perdido. ¿Cuántas veces nos hemos sentido completamente impotentes ante una
situación difícil?
Pero el Señor nos dice, como le dijo al apóstol Juan en la Isla de Patmos: “No temas; yo soy el
primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los
siglos, amén...”. (Apocalipsis 1:17 -18).
Cuando estemos abrumados por los obstáculos, por los problemas, por las necesidades,
recordemos las palabras de triunfo de nuestro Salvador: “... confiad, yo he vencido...”. (Juan
16:33).
Todos nosotros como cristianos, en cada circunstancia de la vida, estamos en una alternativa:
Tener una vida de fracaso o tener una vida de victoria.
Jean Paul Sartré, fue un filósofo y escritor francés que nació en París el 21 de junio de 1905.
Creía en y defendía el existencialismo. Enarbolaba la bandera de la libertad humana. En sus
escritos como “La Nausea” en 1938; “El ser y la nada” en 1943, decía que la angustia se
origina en la conciencia de depender de otro. Afirmaba que no creer en Dios era necesario
para tener una verdadera libertad. El 22 de octubre de 1964 rechazó el premio Nobel de
Literatura. Agobiado por la ceguera en sus últimos años se suicidó el 15 de abril de 1980.
Su vida fue una vida de fracaso por no tomarse firmemente de las man os de Cristo.
Pero nosotros como cristianos podemos tener en el mismo Cristo, una vida victoriosa.
Cuánta razón tiene el apóstol Pablo al escribir: “Antes, en todas estas cosas somos más que
vencedores por medio de aquel que nos amó”. (Romanos 8:37).
Nuestro Señor quiere hijos que van de victoria en victoria y de triunfo en triunfo. El
victorioso Señor Jesucristo quiere tener hijos, hijas e iglesias victoriosos.
Sí. La resurrección de Cristo es la base de una vida victoriosa.
3º LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES LA BASE DE UN TESTIMONIO VALIENTE.
Todo el libro de los Hechos es una historia del testimonio de los apóstoles.
Antes de la resurrección de Cristo estaban llenos de miedo, encerrados a piedra y lodo por
temor de los judíos.
Pero luego que el Señor les presentó pruebas indubitables de su resurrección, ellos
comenzaron a testificar con denuedo y poder. ¡Qué cambio tan tremendo hubo en aquellos
discípulos!
Permítanme solo mencionar algunos pasajes en el Libro de los Hechos: 2:24; 2:30; 2:32; 2:36;
3:13; 3:15; 3:26; 4:2; 4:10; 4:33.
El testigo de Cristo no debe sentir ningún temor por la tremenda razón que Cristo vive. No
debe temer dar un mensaje equivocado de la resurrección del Señor porque ÉL vive y es una
realidad. El testigo de Cristo no debe avergonzarse de ÉL. Su Señor es más Poderoso que
todos. Es el Único que Vive y reina para siempre.
Últimamente me he adentrado en las denominaciones y sectas que tienen que ver con el
cristianismo, me doy cuenta de cómo los seguidores de los llamados profetas o iluminados
son capaces de dar su vida por testificar de su líder. Así, hay seguidores de José Smith, de
Carlos Russell, de Elena G. de White, de Mary Baker Eddy, de Alejandro Campbell, y otros
muchos, personajes que ya están bien muertos, que no han resucitado, sin embargo, siguen
ganando adeptos.
Nosotros debemos testificar con mayor pasión que la de ellos porque nuestro Señor y
Salvador no está muerto, ÉL vive. ÉL es el Único que ha resucitado de entre los muertos. Y
reinará por siempre y siempre.
Tiene mucha razón Jorge Federico Haendel, quien en 1742 compuso su Oratorio, que es un
género musical, y que tituló “El Mesías” y que incluye el preciosísimo canto “Aleluya”, que
entre otras cosas dice: “Y reinará por siempre y siempre, por siempre, y siempre, ¡Aleluya!
¡Aleluya! ¡Aleluya!”.
Puesto que Cristo vive, esforcémonos para dar un testimonio vivo, victorioso y valiente.
4º LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES LA BASE DE UNA ESPERANZA VIVA.
Desesperación y tristeza no concuerdan con la persona de Cristo.
Tampoco con la personalidad de sus seguidores.
Lo que sí está acorde con el Espíritu y atributos de Cristo es gozo y Esperanza.
Porque Cristo resucitó de entre los muertos, nosotros tenemos una Esperanza Bendita.
Es la misma que cita el apóstol Pablo al decir: “Aguardando la Esperanza bienaventurada y
la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13).
Nosotros esperamos una vida eterna, una gloria sin fin, una vida abundante, una vida
maravillosa, una vida celestial, una vida significativa. Para los cristianos no todo termina con
la muerte. No acaba todo con el último hálito de vida.
Se cuenta que un hombre que era cristiano muy sencillo, tenía por trabajo ir de calle en calle
en un pueblo, abriendo los gabinetes donde se encuentran los interruptores del alumbrado
público y desconectar la energía eléctrica para apagar las lámparas. Este trabajo tenía que
hacerlo justo antes del amanecer. Un día lo acompañaba un hombre incrédulo y al notar que
todo se apagaba cuando accionaba el interruptor, le comentó al cristiano: “Así es la vida
humana, tiene luz artificial por un poco de tiempo y luego, de pronto se apaga y todo queda
en obscuridad total”.
A lo que el hombre creyente enseguida repuso: “Tal vez es así para los que no son de Cristo,
porque para los cristianos cuando su luz prestada se apague, no sobreviene la oscuridad, sino
que se presenta enseguida una gloriosa alborada, una irradiante luz, una aurora perfecta, un
día eternal.
Sí. Porque Cristo vive, nosotros también viviremos. Esta es nuestra Esperanza.
No puede ser que todo el sacrificio de Cristo alcance solo para unos cuantos años. Los años
de nuestra vida terrenal.
Creo firmemente que las promesas de Dios, son tantas y tan grandes que aún la misma
eternidad no será suficiente para que podamos experimentarlas.
Todos los grandes hombres de la Biblia, como Abraham, confesaban que eran extranjeros y
peregrinos aquí en la tierra, y que esperaban la ciudad que tiene fundamentos, cuyo
Arquitecto y Constructor es Dios.
Nosotros ciertamente, esperamos resucitar con ÉL. Bien escribe el apóstol Pablo: “Palabra
fiel es esta: Si somos muertos con ÉL, también viviremos con ÉL; si sufrimos, también
reinaremos con Él...”. (2 Timoteo 2:11-12).
Pero mayor razón tiene nuestro Señor Jesucristo cuando nos afirma: “Yo soy la resurrección y
la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no
morirá eternamente”. (Juan 11:25-26).
Cuando Jerónimo Savonarola, el gran reformador del siglo XV, era llevado para ser muerto
en la hoguera debido a su fe en Cristo en la ciudad de Florencia, Italia, gritó: “Ustedes
podrán matar mi cuerpo, pero jamás podrán matar al Cristo viviente que mora en mi
corazón”.
Sí. Cristo vive y quiere tener su lugar en el corazón de cada uno de nosotros. ¿Lo tiene ya?
¡Ojalá usted tome la mejor decisión y reciba a Cristo en su corazón como su Único y
Suficiente Salvador personal! ¡Así sea! ¡Amén!



Pastor Emilio Bandt Favela
http://www.pibjuarez.com/Pastor/E-06-12-08f.pdf